A veces, el fútbol no es solo un juego; es un espejo de nuestra propia vida.
Si me preguntan con quién voy en este Mundial, la respuesta es fácil: Países Bajos. Y no es solo por su estilo de juego, sino por una conexión emocional mucho más profunda. Me identifico con ellos.
Los Países Bajos son, históricamente, la selección que lo ha tenido todo para ganar, la que ha rozado la gloria con la punta de los dedos, para luego quedarse a las puertas de la inmortalidad. Son los creadores del "fútbol total", una selección que cambió la historia del deporte sin necesidad de levantar esa maldita copa.
Sé perfectamente lo que se siente.
Sé lo que es esforzarse al máximo, dar el 100%, revolucionar tu propio entorno, hacer las cosas de manera impecable... y, aun así, quedarte en la orilla. Sé lo que es el sabor agridulce de ser el "subcampeón" en proyectos, en metas personales, en momentos clave donde parecía que la victoria era tuya y se escapó por un detalle.
Pero identificarse con los Países Bajos no es un acto de derrotismo. Al contrario
Es celebrar el camino: Porque jugar bien y transformar la realidad ya es una victoria, aunque no haya trofe
Es valorar la persistencia: Caerse en tres finales y seguir volviendo al torneo con la misma ilusión y el mismo orgullo
Es tener fe en la justicia poética: Porque el fútbol, como la vida, siempre te da una oportunidad más.
Este Mundial no solo quiero que ganen por ellos y por su historia. Quiero que ganen porque, en el fondo, verlos levantar la copa será la prueba viviente de que los que siempre nos quedamos a las puertas, tarde o temprano, logramos entrar.
¡Vamos Orange! 🧡
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