La competencia suele verse como un juego de suma cero donde para que uno gane, otro tiene que perder. Sin embargo, la competencia sana cambia las reglas del juego: no se trata de ser el mejor del grupo, sino de ser la mejor versión de ti mismo.
Competir no significa tener que llegar al agotamiento o sacrificar tu bienestar. De hecho, la verdadera fortaleza está en saber cuándo avanzar y cuándo detenerse. Una competencia sana te impulsa a crecer, no a destruirte. Lo importante es competir contigo mismo cada día, no contra los demás. Progresar desde tu propia meta, celebrar tus logros por pequeños que sean y recordar que tu valor no depende de ganar.
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